Traidor de segunda mano

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Foto de Noticiero Digital

El recinto parecía una capilla improvisada de bajo presupuesto o de un muy terrible gusto para decorar. Aquel lugar que antes era considerado sagrado porque allí se defendía la soberanía de una nación, se había convertido en el centro de convención religiosa de un partido. Con orgullo infantil, los monaguillos rojos más radicales armaron una suerte de pequeños altares, en veneración a los nuevos dioses mortales en sus escritorios.

Quienes sintonizaban desde sus casas podían ver lo que las cámaras con intereses de manipulación ideológica querían transmitir. En el corazón de los ciudadanos que miraban del otro lado de la pantalla se había marchitado la sensación de magnanimidad que la cúpula generaba. En cambio, sentían que se había llenado de tierra y farsos, era como si solo recordar el ruido de esos gallos de pelea les golpeara el patriotismo, e hiciera que en vez de arrugar la cara, cerraran los ojos lentamente y bajaran su rostro en señal de plegaria a Dios por su enfermo país.

El semblante de los votantes se veía cansado; el ceño fruncido y los labios apretados estaban en automático. Todos sabían que no dormían lo suficiente, que la conciencia no los dejaba, a unos por remordimiento y a otros por frustración, y que si de algo eran cómplices las dos partes era de eso. Pero ahí estaban, los triunfadores y los resignados en su asiento.

Los fieles feligreses vestían franelas distintivas, cuyo estampado promovía las inquisidoras redes sociales del imperio, como una promoción de bachilleres eufóricos, pues ya tendrían permiso para beber legalmente; deseosos del poder como un boli-burgués con problemas de alcoholismo, a quien le han prometido un coñac de fina procedencia.

El cura comenzó hablar en chino con gramática japonesa, tan claro como el agua turbia: del respeto de los derechos humanos bajo una pseudoideología neonazi, que ellos llaman socialismo. Al lado derecho, los de verdadera conciencia de izquierda, que creían en su acertada intuición, podían ver claramente el signo del dólar en sus ojos verdes.

Él y sus fieles se entendían, los rostros de los monaguillos hacían suponer que expresaban gran admiración, pero en realidad las palabras de aquel discurso lleno de artimañas, tal cual confesión criminal apátrida y excluyente, emanaba los aceitunados aromas de un suculento plato navideño: pernil, hallaca, ensalada y pan de jamón. Definitivamente un olor que los enloquecía, por lo que sus sonrisas eran de mundano interés, como los baboseos de un perro limosnero.

Esta es la única iglesia que venera a Judas, pues mientras votaban, todavía no había señales del traidor de segunda mano, que vendió a su pueblo por unas cuantas monedas de oro.

Pero para el alivio de aquellos televidentes que tenían pesadillas con las consignas, los votos se ahogaron en los pulmones de todos, porque la mala acústica evitó que se escuchara el “Chávez Nuestro”, que incluso formaba parte de sus muletillas o cuando se encontraban sin saber qué decir. El cargo le quedaba grande a la absurda mayoría, pues su porte era igual a la de un profesor de educación física con 10 de promedio. En cambio, la bancada de los escépticos peregrinó su dignidad al uso racional de su puesto y no emocional, por lo que se ganó el respeto de los verdaderos patriotas.

La ofrenda de sacrificio ya estaba en bandeja de plata. La noche anterior había dedicado tanto tiempo y concentración en entregar los principios y valores de su alma, que olvidó vestirse de rojo, aunque no importaba, pues su ojos estaban teñidos de este, tal cual delatores perturbados. Parecía un pedazo de carne hipnotizada.

El cura sostenía una cuerda invisible en su mano, cuando la jaló, el puño del traidor se alzó tembloroso, aunque podía apreciarse la lucha de su codo por mantenerse atado a la cintura. Sus antiguos compañeros dejaron de sentir lástima por él, y en ese preciso instante de destierro moral, Judas supo, con un luto inminente en su mirada, que su digna reputación había muerto, al igual que el futuro de progreso y oportunidades que una generación de millones de jóvenes venezolanos no iba a disfrutar.

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