Guerra de Afganistan: Asesinatos en nombre de Dios

Los planes de la comunidad internacional para reconstruir el país asiático de las ruinas hasta alcanzar su estabilidad, son una tarea que debe asumirse sin injerencias profundas que provoquen el rechazo del Estado, cuyas características son particularmente distintas a la realidad occidental.

1095126
Fotografìa de 20 Minutos España

Con una posición geográfica estratégica en el corazón de Asia Central, que permitió por siglos la creación de rutas comerciales, Afganistán se convirtió en un estado multiétnico y codiciado por naciones extranjeras que han intentado conquistarlo sin éxito.

La historia de este país, llena de conflictos que amenazan su disgregación, es compleja y ajena a la realidad occidental. Conocer su ordenamiento político y la indivisible visión de la religión islámica de sus leyes internas, es esencial para comprender la naturaleza de sus motivaciones ante escenarios de guerra.

Luego de la invasión de Gran Bretaña en el siglo XIX y la soviética en el XX, la población afgana no ha tenido oportunidad de levantarse de entre las ruinas, pues a pesar de que el Islam es el nexo que une etnias y tribus, y que por tanto es referencia de su cultura y estilo de vida, es su particular tradición guerrera que parece haberlo condenado a ser blanco de luchas interminables.

Y es que cuando se trata de ocupar territorio extranjero con la intención de resolver sus problemas internos o de imponer intereses occidentales, las potencias desestiman la cultura de pensamiento de estos pueblos, cuya injerencia en su soberanía crea descontento.

Afganistán, dominado por el fundamentalismo islámico, se siente amenazado por el supuesto control de poderes malignos y busca respuestas simplistas, autoritarias y moralizantes para crear un nuevo orbe, donde puedan vivir en paz según las normas ancestrales de su religión, aunque sean  interpretadas de forma extremista; esto quiere decir, que se caracteriza por defender sus ideales a toda costa.

En este contexto, se despertó una organización  radical que se encontraba a la espera de la próxima “amenaza maléfica” que pusiera en peligro la expansión del Islam en el mundo: Al Qaeda (La Base), creada para mantener los vínculos entre musulmanes que lucharon contra los soviéticos, comenzó a ver a Estados Unidos como el nuevo “Gran Satán”, luego de que el estado norteamericano construyera bases militares durante la Guerra del Golfo en Arabia Saudita, acción considerada como una profanación de la Tierra Santa del Islam. A partir de entonces, se planificaron ataques en su contra.

 Objetivos enemigos

Osama Bin Laden, líder saudí de este grupo militar, comandó desde Afganistán  bombardeos a embajadas estadounidenses de África Occidental que se concretaron en 1998. Vulnerable por la lejanía que le imposibilitaba defender sus delegaciones, el país anglosajón buscó aliarse con Pakistán para ejercer presión al régimen extremista que se había instaurado en el gobierno afgano y que protegía al terrorista.

El Talibán, movimiento ortodoxo del Islam, tenía el control de 90% del estado asiático, y comulgaba los mismos ideales de Al Qaeda. El enemigo por ende, era Estados Unidos y sería el presidente, Mullah Omar, quien apoyaría desde su visión fundamentalista los próximos ataques, bajo la mirada inquisidora de la comunidad internacional.

La llegada del nuevo milenio trajo consigo lo impensable. Las Torres Gemelas de la ciudad de Nueva York y la sede del Pentágono en Washington, fueron destruidas en un atentado terrorista el 11 de septiembre de 2001, hechos de los que Osama Bin Laden se hizo responsable: “Dios da a América lo que se merece”, expresó en un mensaje transmitido por televisión. Este presunto castigo divino dejó un saldo de 3 mil muertos y 6 mil heridos, quienes a pesar de ser naturalmente pecadores como todos en la  humanidad, eran civiles inocentes.

Los objetivos enemigos ya no respetaban fronteras ni zonas de paz. La incitación a la guerra se hizo inminente y los afganos, en su mayoría con la misma condición de indefensión e inocencia que aquellos que perdieron sus vidas en el World Trade Center, vieron como el cielo se llenó de estelas de fuego; eran bombardeados por aviones estadounidenses AC-130, mientras que la Casa Blanca no podía confirmar que se trataban de zonas enteramente habitadas por talibanes. Para octubre de ese año, Afganistán había enterrado a más de 4 mil personas.

Lucha contra el terrorismo

El presidente de Estados Unidos de entonces, George W. Bush, declaró una lucha contra Al Qaeda, y para ello tenía que derrocar el Talibán instaurado por Mullah Omar para luego capturar, vivo o muerto, a Bin Laden. A partir de este momento, la palabra “terrorismo” comenzó a pronunciarse en la comunidad  internacional con más frecuencia.

Ésta es su definición de acuerdo al Diccionario de la Real Academia Española (DRAE): “La sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror”; por lo que si algo es seguro, es que los civiles que murieron durante estos ataques bilaterales que dieron inicio al conflicto, estuvieron atemorizados hasta el final.

Las nociones que se tienen sobre este término son cuestionadas, pues ambos bandos lo han utilizado a su favor. Incluso, en el marco de la Guerra Fría, cuando la Unión Soviética invade Afganistán, fueron los estadounidenses que catalogaron los actos del país comunista como terroristas y a la defensa afgana como símbolo de liberación nacional; por lo tanto, es curioso, que se invirtieran los calificativos pero no los papeles.

Bush consiguió el apoyo internacional de parte de los estados miembros de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte), y Bin Laden, convocó a musulmanes de todo el mundo para que se unieran a la yihad (Guerra Santa), y así defender su religión, con el argumento fundamentalista de que solo existían dos bandos, el de los creyentes y el de los infieles.

Caída del Talibán

El arsenal de estos enemigos era desigual. Estados Unidos cuenta con armamento y tecnologías más avanzadas que los talibanes, lo que significó una ventaja para los americanos, pues consiguieron su objetivo principal tres meses después de la invasión: el fin del régimen ortodoxo de Mullah Omar. Sin embargo, no había rastro del líder de Al Qaeda, por lo que continuaría la ocupación.

El gobierno Talibán, que por años suprimió los derechos civiles de libre albedrío, en especial de las mujeres, y ejecutó públicamente a un centenar de personas a diestra y siniestra por su interpretación extremista del Islam, ganó más adeptos luego de su caída por la proximidad cultural que tiene con la población afgana, también cansada del poderío norteamericano en su tierra.

A pesar de que el régimen no tenía el mismo control sobre Afganistán, como movimiento militar y religioso, todavía podía de mantenerse en armas y proteger a Bin Laden durante 10 años de insurgencia, hasta que el 1 de mayo de 2011, éste fue asesinado por un comando especial estadounidense en una mansión fortificada de la localidad paquistaní de Abottabad.

Estas acciones, que supondrían el cese de la guerra informado por el presidente norteamericano Barak Obama, no significan que la ocupación haya terminado, pues aunque la Casa Blanca anunció el retiro de las tropas, al menos 12 mil de sus soldados se encuentran en el país asiático bajo el argumento de que la amenaza talibán se mantiene, y que por ello, deben entrenar a las fuerzas armadas afganas para enfrentarla.

Costo de la guerra

El diario The Washington Post difundió que de los 2,6 millones de militares que desde 2001 combatieron en Irak y Afganistán, más de 800 mil regresaron con heridas físicas o psíquicas. En Estados Unidos, cifras como ésta tienen similitud a la derrota sufrida en Vietnam, no solamente por la cantidad de bajas y heridos, sino porque éstos últimos retornaron a su país y un gran número son relegados y olvidados sin recibir asistencia alguna de una población que no sintió en carne propia las consecuencias de una década de conflicto bélico.

El pueblo afgano perdió 20 mil personas, víctimas de fuego cruzado y ataques dirigidos equivocados, tanto terrestres como aéreos. Esta tierra se convirtió en la que más civiles han sido bombardeados: en total, solo entre 2009 y 2013, Washington fue responsable de al menos 18 mil 274 ataques tanto por aviones tripulados como por drones.

Afganistán, todavía vive sumido en represión y miseria, sin señales de desarrollo económico y social en un futuro cercano, además de la creciente red de narcotráfico creada por la siembra del opio para la producción de droga, y que sirve de único sustento a los poblados rurales, por lo que su desintegración podría generar otro conflicto más complejo de intereses.

Los planes de la comunidad internacional para reconstruir el país asiático de las ruinas hasta alcanzar su estabilidad, son una tarea que debe asumirse sin injerencias profundas que provoquen el rechazo del Estado, cuyas características son particularmente distintas a la realidad occidental.

Las consecuencias de una guerra son las mismas que sus causas, la intolerancia religiosa que mantiene vivo el resentimiento y la necesidad de imponerse sobre otros como enviados por el mismísimo Dios.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s